sábado, 30 de abril de 2011

El silencio

Hace algún tiempo que espero y busco con ansia la opotunidad de escribir algo distinto, algo que cualquiera que sea la persona que lea mi historia sienta lo que en mis líneas yo cuento y le haga sentir lo que yo siento.
¿Pero, qué mejor tema que el amor?, sencillamente en una manera u otra esta presente, esta en la vida de todos nosotros, y porque no decirlo es un sentimiento que puede desembocar a muchos otros, es, en mi opinión lo imprevisible de la lógica.

Una tarde, Claudia, harta de permanecer en silencio decidió hablar con él, sentía que era algo imprescindible, ya no podía aguantar más, lo necesitaba y desde aquella colina pude apreciarlo todo, hasta el más mínimo detalle.
Cerró los ojos un instante, respiró con profundidad y apretó fuerte los puños. Sabía que no podría controlarse mucho más, en cualquier momento estallaría.
Abrió los ojos, castaños, brillantes y con una fugacidad intensa. Frunció el ceño, intentado evitar que las lagrimas no saliesen, que su cuerpo no se dejase caer, intentando … no gritar.
Suspiró una vez más, mirándole a los ojos altiva. Ella era superior a él, lo sabía, pero no era capaz de olvidarle. Finalmente, la rabia y el dolor se dejaron ver, y ella enseño la cicatriz que todavía no terminaba de desaparecer de su piel.
⁃ - ¡No quiero que me beses! ¡Y te odio por no hacerlo a veces! Y no me gusta el roce de tu piel, porque me raja el corazón – exclamó.
No soporto que hables de ellas y me duele que presumas de tus tardes a sus lados. Y... y echo de menos tus labios, y que me cuentes cosas mientras te escucho entre tus brazos.
Ya no oigo el murmullo del viento ni el susurro de la noche – lloró.
Solo escucho una larga y triste canción. Desde que ya no estamos juntos, sólo esta esa gris canción.
Y no creas que me es fácil llorar tres meses después que sus besos jamás valdrán tanto como los tuyos.
Y ya sé que me equivoqué. Ya... ya sé que esto no vale nada, y que para ti serán palabras en el olvido cuando mañana acaricie tu despertar – acabó en un susurro.
Se giró, no quería verle sonreír de satisfacción tras su confesión. Pero él la impidió irse, la tomó de la mano, con sus ojos verdes clavándose en su mirar marrón.
La besó, lo estaba deseando desde que se había alejado de ella. Y la abrazó, y la dijo al oído con una dulzura y un color especiales:
-¡Nunca, jamás, nadie ha logrado sacarme un te quiero como tú!. No te negaré que he rogado, a quien fuese que me escuchase, que no te alejaras por completo de mí.
Aunque ya sabía que sólo era un modo de escapar a la muerte. Porque sino estás conmigo. ¿para qué sirve lo demás? Nada conseguiría hacerme olvidarte.
Ella le besó. Descubrió como todo el silencio que había retenido en su interior se esfumó y cómo con solo expresar, sin antes haberlo pensado, todos sus sentimientos salieron al exterior y todo su amor descarrilado se había reconstruido de nuevo, sólo que esta vez era más rojo, fuerte y apasionado que nunca.
La tarde sobre aquella colina fue testigo de la pasión y el amor que se entregaron esa unión.

Claudia Moreno Vinuesa

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