Lunes. 7:30. Suena el despertador. Ducha. Café. Coche. Enciendes la radio: “… filtraciones del departamento de estado de los Estados Unidos….” Apagas la radio. ¿Qué más da? ¿Qué más da que los gobiernos nos engañen a nosotros mientras extorsionen a otros? ¿Que la opacidad diplomática no nos permita nada más que ver los resultados cuando ya no hay nada que hacer? Cuanto menos sepa, menos razones tendré para movilizarme.
8:30. Trabajo. Oficina. Ordenador. Abres un periódico cualquiera: “Revueltas en el norte de África”. Principalmente dos. Ambas lideradas por licenciados que ya no encuentran sitio ni siquiera fuera de su país. Ambas en contra de regímenes absolutistas. Pero desde occidente se miran con recelo estos movimientos. Sin el apoyo internacional no parece que vaya a cambiar nada… pero para que yo viva así de bien tiene que haber personas que sufran y paguen el precio. Mi negligencia vuelve a proteger a mi conciencia.
12:30. Comida. Café. Cigarro. Cada vez que entra el tenedor en mi boca hay una persona que muere por desnutrición en el tercer mundo. Pero tengo mis problemas. El planeta soporta las necesidades de todos. Nunca la codicia de unos pocos. Mi estómago lleno y el plato vacío.
16:00. Colegio. Niños. Coche. Nuevamente la radio: “… debate entre el líder del gobierno y el de la oposición...” Ninguna conclusión clara. Insultos. Pullas. Corrupción. Cambias de cadena: “… Vicente del Bosque es nombrado marqués…”. Por fin una noticia interesante. Pero mi trayecto en coche ha concluido…
18:00. Casa. Tareas. Internet. Entras en el correo. Todos los mensajes de ONG los borras sin leerlos. Te preguntas por qué no los consideran spam. Y encima piden dinero. Y luego yo, y mis cuentas…
20:00. Salón. Sofá. Periódico. Algunos líderes africanos han caído. Sigue habiendo revueltas. Túnez, Egipto, Irán, Argelia. Se extienden. Libia, Bahréin. Represión, incertidumbre, ¿esperanza?... Mi sillón sigue en su sitio, y todos estos lugares están demasiado lejos. Pasas la página.
Crisis nuclear. Indecisión. Las centrales no se cierran y los residuos no encuentran su sitio. La luz de mi cuarto se enciende sin problemas. Parece que alguien se moviliza. Activistas los llaman. Pero son unos exaltados. ¿Habrá alguien que les escuche?
21:00. Cocina. Cena. Televisión: “…mujer lapidada en Afganistán…” A apenas 4 horas en avión de mi casa se comete esta atrocidad, esta demostración de fanatismo ciego, esta expresión de dominio machista. Esta aberración en nombre de una supuesta justicia. Pero hoy estás cansado…
Sabes que en África se mutila sexualmente a las niñas eliminando su último resquicio de igualdad ante el “sexo dominante”, pero tus ojos se van cerrando...
Sabes que en Sudáfrica el lesbianismo tiene una “cura”: la violación de toda aquella mujer que sufra de esta “enfermedad” para “enderezar” su orientación sexual, pero tus párpados caen por su propio peso…
Sabes incluso que en tu país este problema tiene sus consecuencias, que este resto de sociedad arcaica no pasa desapercibido: ya son siete este año. Un número que podría no parecer elevado. Pero son siete demostraciones de anti civismo, de atraso social, de nuestra incapacidad de proteger a los débiles… Y tus ojos se cierran por completo.
Martes. 7:30. Suena el despertador. Café. Ducha. Coche. Un cambio de acontecimientos nubla tu futuro. Has salido tras el camión de la basura. Y esperas y esperas y te sientes desgraciado...
Pero ya te has olvidado de Haití…
Julio Téigell
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