Abrí la tapa del váter y esta repiqueteó estrepitosamente contra el tanque. Me agaché y vomité. Eché lo poco que había comido en los dos últimos días. Sólo habían pasado dos días pero me parecía una eternidad. Cuando ya sólo salía bilis me incorporé, cogí un poco de papel y me limpié la cara. No había nadie en el baño. Me miré al espejo, tenía un aspecto deplorable. Me lavé las manos y la boca y salí. Recorrí cuatro o cinco pasillos interminables hasta que me topé con el Señor Gutiérrez que me dijo “Al final se ha retrasado. Será a las seis”. Miré mi reloj, las cinco, una hora más de espera en aquel insoportable edificio. Miré a mi alrededor intentando encontrar una cara conocida pero no tuve tanta suerte. Entonces cogí el ascensor, me perdí entre pasillos, subí y bajé varias escaleras y finalmente encontré la cafetería. Eché un vistazo a los diferentes menús que ofrecían y sin prestarle demasiada atención escogí el primero que vi. En pocos minutos me encontré sentado frente a un café insípido y un sándwich grasiento. Miré a través del ventanal que daba a la calle. Hacía un día precioso. Sí, precioso, pero hoy no me servía de nada. Estaba removiendo el café intentando no pensar cuando noté como el bolsillo de mi pantalón vibraba. Saqué el teléfono, tenía 37 llamadas y unos 19 mensajes. No abrí ninguno, todavía no, todavía no podía. De repente, en la cadena que tenía la cafetería sintonizada, emitieron una canción. Esa era su canción. La situación ya me superaba. Tiré el sándwich a la papelera y salí corriendo de la sala. Volví a perderme entre los interminables pasillos y las blancas paredes de aquel odioso edificio. Empecé a correr. Una mujer me gritó algo, la ignoré y seguí mi camino. Por fin encontré una puerta con un cartel verde que indicaba una salida de emergencia. La abrí y me senté en la escalera de incendios. Saqué el paquete del bolsillo y me fumé dos cigarrillos. Miré el reloj, ya eran menos diez. Tiré la colilla y volví a entrar. Llegué en menos de cinco minutos, necesitaba acabar con ello cuanto antes. El Señor Gutiérrez ya estaba esperándome. Como era de esperar empezó con un discursito “Sé que esta no es una situación muy agradable pero es necesario porque…” Y tal, y tal. No me interesaba. Dejé de escucharle, sólo quería que aquello terminase. Abrió la puerta. Entramos en una sala blanca llena de cajones grisáceos numerados. Siguió dándome la chapa hasta que se paró delante del 759. Sacó una llave, la metió en la cerradura y tiró del asa para abrirlo. Su canción sonaba una y otra vez en mi cabeza. Por encima de la sábana sobresalía un pequeño mechón pelirrojo. El Señor Gutiérrez me preguntó si estaba preparado. Asentí y levantó la sábana. “¿Es tu hermana?” “Sí, es ella” contesté. Me di la vuelta y vomité.
Ana Ozores
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