Me gustan tus ojos. Son bonitos. Jajaja, gracias, son verdes, ¿te habías fijado? Por supuesto que se había fijado. Se los conocía de memoria, tal como se conocía cada detalle de su adolescente carita. Su piel era tan blanca y suave, con apenas acumulaciones de grasa, algo de lo que ella se mostraba siempre muy orgullosa y de lo que nunca dudaba en presumir. El tono apagado del bronceado veraniego iba desapareciendo pareciéndole todavía más perfecta. Inspeccionó su nariz. Era pequeña y blandita. Su mejor amigo pasaba las horas estrujándola y deformándola. Para él era la mejor nariz del mundo, o al menos eso es lo que ella decía. Volvió a los ojos. No tenían restos de maquillaje. Se rió para sí. Otra cosa más de la que ella estaba muy orgullosa. No dejaba de repetir que ella había dejado la maldita costumbre de ennegrecerse los ojos y las pestañas todas las mañanas. Decía que era un signo de inseguridad y que de esa manera no se notaba que eran verdes. Le encantaba como se autoconvencía a ella misma. Que no se notaban que eran verdes, qué tonta era a veces. Pasó a sus cejas. Al igual que con sus ojos, había decidido despreocuparse y pudo notar el nacimiento de varios pelos que deberían haber sido arrancados varios días atrás. Los tenía cortados. Delante de esa fila perfecta de dientes alineados gracias a una cara ortodoncia, se encontraban dos labios carnosos llenos de pequeñas grietas. Da igual que fuera invierno o verano, siempre estaban agrietados. Qué boca más pequeñita tenía. Y qué ganas tenía de perderse en ella. Pero era imposible, él mejor que nadie lo sabía. Nunca podría ser suya, y nunca debería ser suya. No. No podía dejar que eso pasase. De repente ella interrumpió sus pensamientos. Le había hecho una pregunta y esperaba una respuesta mientras se apartaba el pelo de la cara y se mordía la uña del dedo gordo de la mano derecha. Ella y sus manías. Él, perdido entre sus dudas, se limitó a reírse. Pues yo tengo las pestañas muy largas. Siempre me lo dicen. Que son preciosas, a todas las chicas les encantan. Pues pareces una niña le contestó ella divertida. No sabía por qué pero siempre reaccionaba igual cuando le hablaba de otras chicas. Por eso, siempre que tenía la oportunidad, lo hacía. Decidió contraatacar. Anda, cállate zanahoria. La misma discusión de todas las noches. ¿Su pelo era rubio, moreno, pelirrojo? Ella defendía a ultranza que se trataba de un castaño claro. Era un color indefinido, pero era precioso. Estaba muy estropeado, descuidado. Afirmaba que sin su pelo ella no era nada. Le encantaba compararla con su pelo. Rebelde, descuidado, ilógico, sin color definido. Era tal y como ella era. Al oír el comentario esta se dio la vuelta y fingió estar enfadada. No había nada que le divirtiera más que hacerla enfadar. Arrugaba la frente y la nariz, entrecerraba los ojos, y cerraba los labios como si se tratase de un voto de silencio. Él no dejaba de reír, de pedirla perdón, de arrastrarse, de tirarse por el suelo. Todo era muy ilógico, pero ellos eran así, ilógicos. Le acarició la cabeza y la tumbó encima de él. Era un anoche de septiembre pero ella estaba congelada. Seguía sin abrir la boca. Él se quitó la chaqueta y se la colocó como una manta. Entonces ella no pudo resistir más y esbozó media sonrisa. Esa sonrisa que a él tanto le gustaba. Esa sonrisa que por el momento significaban las paces, una tregua, la calma. Pero sólo por el momento, porque con ella, nunca sabías qué iba a pasar.
Ana Ozores
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