sábado, 23 de abril de 2011

Soneto II

Apenas se extingue el fuego del cielo,
entre océanos de trigo en penumbra,
cae la noche, y en ella se vislumbra
el perfume de tu rostro de hielo.

Sobre el lienzo de negro terciopelo,
que sumiso a lo más alto te encumbra,
sonríes, y tu sonrisa la alumbra
de mil astros un finísimo velo.

¿Por qué le robas a la Luna el mando
del celeste reino de oscuro malva
cuando sabes que aún te sigo adorando?

Aunque ya no huyo, pues nada me salva,
sólo espero noche tras noche aullando
para vivir de nuevo con el alba.


Enis

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