Bobo llegó pronto, como una persona de su talante debía hacerlo. No aguantaba a la gente que no era capaz de tomarse en serio lo pactado.
Pero a Dilan no le importaban esas cosas. Como siempre el tiempo se le echó encima, se distrajo con cualquier fantasía que pasó por su cabeza en cierto momento. Fue más tarde cuando se dio cuenta. Llegó corriendo; cosa que odiaba pero, sin embargo, siempre hacía.
El inicio del encuentro fue demasiado tenso como para entablar una conversación. Todo lo que ambos eran capaces de hacer era recordar los tiempos en los que se conocieron. De vez en cuando a alguno se le escapaba una tímida risa, viajando en uno de estos flashbacks mentales. No obstante esta era siempre atajada cuando la conciencia daba lugar a la vergüenza.
Pronto la situación se tranquilizó. La melancolía inundaba a los dos parientes. Ninguno de los dos parecía recordar el fatal suceso, la ruptura. Quizás los dos habían llegado a la conclusión de que serían incapaces de vivir sin la facultad de ignorar los malos recuerdos y perdonar. Probablemente el tiempo había masticado los pensamientos, tranquilizando el odio ciego y dando lugar a la autocrítica. A lo mejor darse cuenta de su propia culpa les permitió comprender la de la otra persona. El caso es que una hora más tarde la cerveza y el jubiloso ambiente del bar animaba la conversación. Con forme iban hablando, darse cuenta de lo bien que todo estaba yendo bien les hacía sentirse cada vez más alegres y cómodos. Los dos parecían gradualmente más inquietos por compartir su vida con el otro. Habían pasado tantas cosas. El mundo había cambiado. Ellos también, recorriendo los dos un camino diferente. Dalian dejó al poco tiempo de ser un hippie concienciado para descubrir otra forma de libertad, de amplitud de miras. Ahora pensaba que esa etiqueta le condicionaba a pensar de una forma concreta, aceptada por un conjunto. Creía que si algo le había enseñado su padre era que no podías fallar a tu conciencia, y su conciencia le decía lo contrario a ese “ideal” en ciertos momentos. Ser consciente de esto le había hecho cambiar y, sobre todo, enseñado a no castigar eternamente a alguien por cualquier terrible fallo.
Bobo también era diferente. La culpa le impidió a sí mismo el derecho de juzgar a nadie. Gracias a esto pudo descubrir que en todo hay una parte buena capaz de aprovecharse, que no podía permitirse el lujo de restringirse nada por considerarlo “peor” a lo que él pensaba o había aprendido. Este cambio provocó que hiciera cosas que jamás hubiera llegado a realizar de la otra manera. Y la sensación de libertad que sintió al darse cuenta que no todo era como pensaba, que quizás no se había equivocado por salirse de lo establecido por sus prejuicios, significó una nueva época de felicidad para él. Fue capaz de expulsar los odios hacia su persona que tenía interiorizados desde el batacazo. Solo tras soltar todo ese dolor, reconocer sus fallos y liberarse de esa fachada de aparente perfección, fue capaz de perdonarse. Sistemáticamente se acordaba de su hijo, dándose cuenta de que gracias a muchas de las “locuras” que él decía, pudo salir del fango y la oscuridad. Todo esto le hizo no volver a ser el mismo y, sobre todo, le enseñó a distinguir el odio hacia sí mismo del odio hacia los demás.
Con el sol, cayeron los formalismos. La cerveza había calentado sus almas, y todos los sentimientos reprimidos salieron a flote. En realidad, tenían tantas ganas de demostrarse su contenido cariño que las torpes palabras de sus ebrias bocas fueron suficientes para entenderse a la perfección. Los dos deseaban que ese momento no acabara nunca. Pero tras un tiempo sus cuerpos se sintieron cansados de soportar tantas emociones, y se pactó la vuelta casa.
Dos semanas después, la tumba de Clara es por fin visitada. Su marido Bobo y su hijo Dilen han venido a verla. Desde su fallecimiento a manos del primero, ella había estado sola.
Su último momento fue la discusión con Bobo. El hombre la reprimía fuertemente por sus problemas con el alcohol, las drogas y por su falta de atención hacia su hijo. Clara perdió los papeles, no podía seguir escuchando tantas maldades de las que era responsable. Nerviosa, cogió un cuchillo y se lo clavó en el costado a su marido. Él, enfurecido y nervioso, reaccionó dándola un fuerte puñetazo en la cara y tirándola al suelo. El golpe en la nariz le llenó las fosas nasales de sangre, y el choque de su cabeza contra el suelo la dejó inconsciente. Incapaz de respirar, Clara murió mientras Bobo se desmayaba entre gemidos y sollozos de dolor. El grito del joven Dilen fue lo último que la mujer pudo escuchar.
Luis Miguel Villalba
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