¿Qué nos queda a los jóvenes? Estamos perdidos, claro que estamos perdidos, pero no por ello somos una causa perdida. Nos ha tocado vivir en un mundo de crisis, de conflictos mundiales y, por supuesto, de avances tecnológicos constantes. Todo lo que necesitamos saber lo podemos encontrar a base de teclear en nuestro ordenador. Parece que tenemos todas las facilidades al alcance de nuestra mano. Sin embargo, nos sigue haciendo falta algo muy importante.
Para nosotras, ya es un milagro que sobrevivamos a la PAU, las notas de corte, las críticas de los medios de comunicación, y de la sociedad en general, las exigencias de los profesores, de los padres, de los amigos y – cómo no – las peores: las nuestras. Somos autocríticos, cada vez más exigentes, perfeccionistas, ansiosos por hacer algo que demuestre al resto de personas que merecemos la pena. Porque vivimos a golpes, apenas si nos dejan decir que somos quienes somos. Porque ya están otros para explicarnos cómo somos, que para eso han vivido más y nos conocen ¿no? Somos unos vagos, unos ignorantes y unos maleducados. Dicen que sólo nos gustan la televisión y el tuenti, dicen que somos unos niñatos, que nos quejamos mucho y hacemos poco, dicen que dicen que dicen…
Pero no nos conocen. Porque ni siquiera se han molestado en preguntarnos, en pedirnos nuestra opinión o simplemente, en dejarnos hablar. Si muchas de esas personas que conviven con nosotros cada día, o que “velan” por nuestro futuro - en despachos lujosos e inmensos, que nada tienen que ver con las aulas de los centros escolares - hubieran investigado, tan sólo un poquito, entonces hubieran descubierto cuánto se equivocan. Esto es lo que hemos hecho nosotras. Pensando en una idea para nuestro trabajo para clase de literatura, nos hemos dado cuenta de que hay jóvenes escritores escondidos por todas partes. Y se lo vamos a demostrar…
Aquí publicamos, sin tapujos ni adornos ni manipulaciones, textos de los jóvenes y adolescentes que nos rodean. Indagando un poco, hemos descubierto que son muchos más de los que pensábamos. Y, por descontado, muchísimos más de los que los adultos (esos que no nos conocen y se atreven a juzgarnos) se imaginan. Textos muy elaborados, otros más simples; textos reivindicativos, otros más personales; textos y textos y textos, en los que se reflejan las preocupaciones de - por qué no - esta nueva generación perdida. Las voces de unos y de otros, esperanzadas, escépticas, o desesperadas, que parecen decir: Paren el mundo, que me quiero bajar. Sí, hay muchos jóvenes con ganas de expresarse, aunque sólo sea a través de una esquinita en una revista de instituto sin presupuesto, o en una presentación de 15 minutos o, peor, quedándose sus palabras encerradas en sus ordenadores o cuadernos, condenadas a quedarse ahí para siempre, por timidez o ignorancia. Ignorancia de que hay un mundo entero hablando en susurros, o como mucho a media voz. Ignorancia de que lo que susurramos sí que sirve de algo. Lo único que hace falta es que gritemos todos juntos, que se oiga nuestro común aullido (howl) en el mundo entero.
Algunos de los mejores escritores, como Rimbaud, Molière, Byron, Lorca, Cernuda u Oscar Wilde comenzaron a escribir cuando eran inexpertos, muy jóvenes. Pero éstos, y muchos otros incipientes escritores, evolucionaron y se acabaron convirtiendo en fundamentales autores para la historia de la literatura. Fantásticos escritores como Ernesto Sábato, Hemingway o Brecht buscaron la manera de reivindicar aquello que creían justo, aquello que les faltaba. La gran Virginia Woolf expresó que, para escribir, las mujeres solo necesitaban dinero y Una habitación propia, y Kavafis reclamó en su precioso poema Ítaca un profundo carpe diem a la experiencia fabulosa de vivir.
Todo lo que muchos autores escribieron, como Joyce, Shakespeare, Cervantes o Poe, se convirtió en una ayuda esencial para muchos otros escritores. Los cantos de muchos de ellos inspiraron e inspiran a muchos jóvenes, como el propio Canto a mí mismo de Walt Whitman, que inspiró a jóvenes poetas como Allen Ginsberg. Sin embargo, tras haber leído tantos textos de compañeros nuestros, nos hemos dado cuenta de que posiblemente muchos de los más fuertes y más dulces cantos están aún por cantar. Quién sabe…
Quizá nosotros, jóvenes que vivimos en un mundo materialista y consumista, no necesitamos ni siquiera una habitación propia, sino que simplemente necesitamos que alguien escuche lo que tenemos que decir, incluso aunque nosotros mismos aún no lo tengamos muy claro.
Nosotras mismas, que desearíamos poder dedicar nuestra vida a la escritura, pasamos horas delante de páginas numeradas con un esperanzado 1 a pie de página, pensando en cómo podemos empezar. Qué frase es la que debe abrir una novela perfecta. Pero nos hemos dado cuenta de que si de veras queremos ser sinceras con nosotras mismas, debemos olvidarnos de las obras de arte que nos rodean (Madame Bovary, La gaviota, Hamlet…) y simplemente escribir lo que sentimos, aunque creamos que carece de sentido y de importancia. Escribir espontáneamente, como hizo el gran Jack Kerouac y otros beatniks de los 50, y dejar de preocuparnos por lo que saldrá. Lo que sientas (ya) encontrará por sí solo su estilo. A los beats, como el gran poeta Allen Ginsberg, les preocupaba ser publicados. A nosotros eso de momento nos da igual, solo queremos sorprendernos pensando. Porque estas son algunas voces de toda una generación. Este es nuestro grito, nuestro aullido. Probablemente no sea un bello producto, ni un fruto perfecto, pero quizás – quizás, quizás… – alguno de nosotros consiga algún día crear algo que merezca ser leído por todos, y que sea leído por todos… quizás, entre todos estos vagos redomados, entre esta generación que – al parecer – ha inventado la ley del mínimo esfuerzo, entre estos jóvenes teleadictos sin motivaciones ni aspiraciones, quizás haya alguno cuyo nombre… nunca se borrará de la historia. Y eso, nosotras no nos lo queremos perder.




